2/4/11

Síntomas y causas

Qué poco hemos cambiado la forma en que abordamos la enseñanza en los últimos 130 años. Aún a pesar de tantos cambios sociales, tecnológicos, demográficos, políticos e incluso físicos, la forma tradicional de enseñar permanece, en su esencia, inalterable: libros, papel, bolígrafo y niños que deben permanecer pasivos. Si, esos mismos niños que en sus casas juegan con dos consolas, el ordenador y ven la tele al mismo tiempo, mientras escuchan su canción favorita en su reproductor de mp3. Y luego, en el cole, decimos muchas veces que son “hiperactivos”.

Todos esos cambios producidos en una sociedad rápida donde los padres no tienen tiempo para educar a sus hijos, demanda,  paradójicamente, una educación lenta a través de la cual la escuela pueda tomar las riendas de la formación integral de unos jóvenes que no saben a ciencia cierta en qué consistirá su devenir.

Nos encontramos en una situación de confluencia entre las exigencias del sistema económico y empresarial, la manipulación directa o indirecta de los mass-media y las exigencias autoimpuestas por los docentes a través de sus programas y sus libros de texto. Y en el medio, los niños, los padres del futuro.

Por eso, la pasividad de los responsables de la formación inicial de los educadores resulta ciertamente pasmosa. Resulta inconcebible que después de que se haya llegado hace mucho tiempo a la conclusión de que los niños debían aprender fundamentalmente a: tener capacidad para planificar sus acciones, convivir y trabajar en equipo, desarrollar su capacidad crítica y creativa, a aprender a aprender y se haya establecido que el saber hacer, el ser competentes para algo es más importante que saber conceptos en un examen que se olvidan en unos meses, aun a pesar de todo eso, y a pesar de que los currículos educativos así lo especifican, siguen saliendo de las escuelas de magisterio y de las oposiciones a educadores, profesionales que, en su ignorancia, copian programaciones, dicen que no saben trabajar sin un libro de texto y ponen en entredicho la autonomía pedagógica de los centros de la cual ellos mismos forman parte, reproduciendo el mismo modelo educativo que habían padecido antes de pasar por su formación como educadores.

Se dice que un porcentaje muy importante de los niños de hoy trabajarán en profesiones que todavía no existen y ante las cuales deberán llegar con una formación que les permita el trabajo y convivencia en equipo y una gran capacidad para aprender de forma muy rápida, seleccionando la información de forma crítica ante una gran variedad de fuentes.

Todavía recuerdo cuando era un crío y me decía: cuando llegue el año 2000 el mundo va a ser muy agradable, con muchas comodidades, un mundo en el que los niños aprenderían de otra forma, apenas habría enfermedades y la sociedad sería del estilo que aparecía en películas de ciencia ficción de la época.

Ahora soy muy escéptico con respecto al futuro, pero soy también muy crítico con respecto a la educación, porque educación y futuro van muy unidos.

Resulta curioso observar una y otra vez la miopía de miras con respecto a un término que considero básico: prevención.
Y sucede en todos los aspectos de la vida, vamos a los síntomas, lo más evidente, lo que se ve, pero no a las causas, que es aquello que produce los síntomas y que es lo que realmente tenemos que atender.

Nos pasa en los departamentos de orientación en los centros, donde atendemos casos constantemente pero no solemos intentar hacer nada con las causas porque en muchas ocasiones pensamos que no está en nuestras manos.

O como en los políticos que regalan ordenadores portátiles a profesores y alumnos pensando que van a mejorar los síntomas y con ello conseguirán de un plumazo alumnos “tecnológicamente competentes”,  o haciendo cursos de inglés entre el profesorado para que enseñen idiomas de forma más “eficaz”. Parches para intentar mejorar síntomas, meros tratamientos de casos.

Existen muchos grandes profesionales en los centros, autodidactas y con ilusión por el cambio, que intentan afrontar los problemas de forma adecuada, pero suelen ser como pequeñas islas en grandes mares.

Debemos abordar las causas desde la base: necesitamos ya nuevas generaciones de profesionales de la EDUCACIÓN que con una preparación adecuada a los tiempos actuales insuflen en los centros educativos una nueva forma de proceder y entender la formación integral de los alumnos. Profesionales que conciban la prevención y la planificación como pilares básicos de su quehacer educativo. Profesionales que no busquen excusas y efugios para no acometer acciones. Profesionales que sepan convivir y trabajar en equipo, con habilidades sociales que los alumnos puedan imitar. Profesionales que conciban el respeto mutuo y las emociones como base para su trabajo. Profesionales que vean problemas para resolver y se unan inteligentemente para hacerlo, salvando cualquier diferencia personal. Profesionales que entiendan que los alumnos aprenden de otra manera y que dentro de pocos años posiblemente aprendan de otra porque la sociedad cambia vertiginosamente. En definitiva, necesitamos nuevos profesionales para una nueva educación, porque la otra, la del fracaso, la de los alumnos disruptivos, la de los profesores deprimidos, esa, está claro que no funciona, y yendo a los síntomas seguiremos sin avanzar.